Philologica Canariensia 27 (2021), pp. 145-149                                                              

E-ISSN: 2386-8635

DOI: https://doi.org/10.20420/Phil.Can.2021.381                                                                                                                                     

Recibido: 30 de junio de 2020; aceptado: 25 de julio de 2020

Publicado: 23 de mayo de 2021

 

 

Rafael Ballesteros, Jardín de poco. Poesía inédita (2010-2018). Est. y ed. de Alfredo López-Pasarín. Málaga: Centro Cultural Generación del 27, 2019. 216 páginas. ISBN: 978-84-17457-17-4.

 

 

 

Pedro J. Plaza González

Universidad de Málaga

 

 

El Centro Cultural Generación del 27 publicó en julio de 2019 Jardín de poco. Poesía inédita (2010-2018), volumen que, en realidad, reúne en sus más de doscientas páginas un total de tres libros, hasta entonces inéditos, de diversa naturaleza debidos al poeta malagueño Rafael Ballesteros (1938), a quien se ha relacionado a menudo con corrientes como el neobarroquismo, el estoicismo o el postismo y a quien le fue concedido el pasado año el XI Premio de las Letras Andaluzas Elio Antonio de Nebrija en reconocimiento a su trayectoria. Si la edición de su Poesía 1990-2010 (Fundación Unicaja y El Toro Celeste, 2015) quedó al cuidado de Juan José Lanz, en esta ocasión ha sido Alfredo López-Pasarín el encargado de vigilar la publicación y de proporcionarle un amplio estudio introductorio. De este modo, los libros contenidos en el volumen son ContramesuraAlmendro y caliza Jardín de poco, el cual proyecta su título al conjunto.

Cabe, pues, preguntarse qué hay en común entre todos ellos, cuál es el eje vertebrador, y es el prologuista quien responde con solvencia a este interrogante en los últimos compases de su estudio: “El tema […] de la muerte, el de la vida humana, el de la dignidad última de esa vida tan frágil y tan amenazada es sin duda el fundamental de estos tres libros y, aunque no supone una novedad, ni mucho menos, en la poesía del autor […], sí lo es la insistencia invasiva y la casi exclusividad con que se presenta ante la mirada lectora” (Ballesteros, 2019, 84). Asimismo, en un artículo de reciente factura, Antonio Aguilar apuntaba la importancia de dicho motivo estructurante en la escritura del autor al sopesar los tintes existencialistas que la cubren, manifestando: “Un exilio que tiene su correspondencia con el destierro que supone la muerte, otro de los temas más frecuentados por el poeta a lo largo de toda su obra” (Aguilar Sánchez, 2019, 26). Queda, por tanto, confirmado claramente que no ha pasado desapercibida la importancia de la muerte para los críticos más fieles de Ballesteros. Sin embargo, no se han llegado a subrayar con detenimiento las diferentes actitudes que el creador adopta a la hora de dar realización a uno de los grandes temas de la literatura. Es este, precisamente, el propósito de la presente reseña: trazar las líneas maestras analíticas de los diferentes perfiles de la muerte que se intuyen en los tres poemarios que Jardín de poco acoge.

Así, el primero de ellos, Contramesura, se subdivide a su vez en cuatro bloques desiguales en cantidad, mas no en calidad: “Poemas sapienciales”, “Cuatro poemas para un monumento”, “Poemas laicos y civiles” y “Poemas memoriales”. En el primer bloque se produce, de algún modo, el (re)descubrimiento de la muerte por parte del sujeto lírico y la constatación de su ineludible e intrínseca posesión en un hábil juego de respuesta: “Me dijo el sabio: el mundo es tuyo todo” (Ballesteros, 2019, 93), y pregunta: “¿Y el término también?, ¿también la muerte?” (2019, 93), siendo la pausa silenciosa acompañada de un abrazo preludio de la aseveración en el poema. No obstante, algunos sonetos después, aun aceptando que la muerte se aloja de forma inexorable en el interior del ser humano, el escritor afirma, con paradoja expresiva, que “la muerte es nada que se trueca en todo: / solo en el pensamiento está la muerte” (2019, 100), y, en este sentido, concluye metonímicamente que esta solo puede existir mientras se piensa y vive y, por ende, no hay muerte para los que están muertos: “La muerte n’existe pas, dice el finado” (2019, 101). Por el contrario, en los cuatro poemas del segundo bloque Rafael Ballesteros reelabora, a través de un planto, el tópico del tempus fugit ante la contemplación del bronce sempiterno que, a diferencia de la carne, sí sobrevive al paso del tiempo sin necesidad de ambages, sin corromperse: “¡Qué escueto lo inmortal! ¡Qué parvo asiento / nos ofrece el mundo! ¡Qué reto loco!” (2019, 108).

En el cuarto bloque, retrotrayéndose a la idea de la peregrinatio vitae, vida y muerte se plantean como un viaje, como un periplo: “En el vidrio azulino, el sacrificio / portaba los billetes del viaje” (2019, 128). Consecuentemente, se despliega la oportuna isotopía, en la que nos topamos con un principio, con un fin —tal vez con un regreso— y con una carga que portar a lo largo del camino: “Llevaban el soturno en su equipaje, / también la muerte, el vacuo precipicio […]” (2019, 128). Y el itinerario por los loci y la tradición prosigue, marcha atrás, hasta topar con la imagen de las Parcas, hila que te hila —como dijera José Hierro sobre el quehacer poético—, gracias a las cuales la muerte va entretejiendo nuestros destinos: “Su labor primordial, terca y sutil / como un encaje, es propiciar la ida / del que se quiere ir, placer en vilo // de aquel que quiere muerte y tiene vida” (2019, 128). Surge, todavía, otro lugar común que merece la pena rescatar, dado que Ballesteros, al enfrentarse al ubi sunt?, acepta, contestando, la muerte de los mortales, sí, salvo que estos sean cercanos, queridos: “¿Y ese? Se evaporó. ¿Y aquel? Ya tuvo / su tiempo y lo pasó. ¿Y aquella? Siento / que ella sí duele, así como por dentro / del corazón fuera el vacío” (2019, 129). ¿Pero para qué sirven aquí los tópicos literarios? Sirven para, finalmente, poder mirar a la muerte cara a cara —es este también el recorrido marcado por las Coplas de Manrique— y para hallar, por un lado, la belleza que en la otra orilla descubriera Borges: “Así una doble / forma de mirarla: la de la muerte / y esta de su fulgor, de la belleza” (2019, 130); y, por otro lado, buscar en su mirada gélida los ojos de los difuntos: “¿Quién propuso nieve al frío? / ¿Quién me esconde los ojos de José?” (2019, 131).

El segundo libro, Almendro y caliza, es un extenso, emotivo y crudo poema dedicado a la memoria y al lugar de reposo del hijo —tempranamente— fallecido, Pablo, quien descansa en un punto de la sierra donde serán depositadas también las cenizas de su padre, aunque el orden haya sido inverso, contranatural. Esta vez es la propia ceniza, diluida en el dolor, el símbolo de la muerte, y el entorno se convierte en “[…] paraje preciso donde poner / la estirpe, sitio virginal para el último objeto / que del humano se tiene: su dolor y ceniza” (2019, 141). Pese a la desgarradora experiencia, el anhelo por reencontrarse con su semilla hace que brote un rayo de esperanza capaz de arrebatar la condición de polvo a la ceniza, dotándola de vida y resucitándola para que fluya por efecto de ese vínculo “donde la ceniza viva será por fin / ceniza” (2019, 141). Queda, tras la resiliencia, una exhortación para aquellos que, mediante el poema, saben de su dolor y lo aprehenden: “Vayan allí, a visitar las cenizas, los que, / en silencio, contemplan” (2019, 149).

Después de la reflexión general sobre la muerte, después de la revisión de los loci, después de la experiencia y catarsis de la muerte de los seres amados, a Rafael Ballesteros no le queda más remedio ya que enfrentar su propia muerte; y eso es, exactamente, lo que propone en el tercer libro, Jardín de poco, posicionándose en senectud, ocultándose bajo la figura del sabio, anhelando los tiempos de mocedad. Para ello debe, primeramente, mirarse a sí mismo por entero y sentenciar: “Mi propio yo es mi propio / espejo” (2019, 155). Uno y otro, otro y uno, el hallazgo más allá del cristal resulta, en cualquier caso, presentido y terrible, como una premonición sin fecha: “[…] he visto / el paso indeciso de mi muerte” (2019, 156). No obstante, conforme avanza el poemario ve que lo que se esconde al otro lado del espejo, como una balsa, no es otra cosa que el propio poema: “Cuando el poema crece, tanto tu imagen se esfumina. / Cada palabra más, el espejo se vacia” (2019, 199). Y el adagio ars longa, vita brevis se recupera de manera inversamente proporcional, requiriendo, pues, un sacrificio necesario al artista para vencer la muerte: “Muerto allí en el espejo. Ya desaparecido. / Presente aquí y vivo en la palabra” (2019, 199). De tal modo, el ciclo vaticinado se completa con una oposición disyuntiva: “Y gime. No gime. Solo un silencio. Hay solo / un silencio que anuncia: que el poema nace / o la muerte se inicia” (2019, 198).

Sin embargo, la fúnebre oscuridad acecha en todas partes, y el sabio, trasunto evidente del yo poético, reclama con valentía la luz, sinécdoque de la esperanza: “Más luz, dijo el sabio ante / la muerte. / Y su propia sombra puso / sobre su corazón el dedo / diamantino” (2019, 162). Además de en la sombra, la presencia constante de la muerte se materializa en el frío que la anuncia: “¿Este frío es el último frío? / ¿Y esa mirada el último frote / de tus ojos con la materia? / ¿El último flujo de la luz?” (2019, 178). Y cómo no, en el mar, símbolo mortuorio de rigor en nuestro imaginario del que Ballesteros tampoco ha conseguido escapar gracias a su poderoso afán, que todo quiere abarcarlo, pero, por fin, se conforma —con mucho—: “Tengo ya lo justo, la orilla / de la mar inmensa” (2019, 165). Precisamente, entre las aguas oceánicas, entre las entrañas del poeta, la vida y la muerte litigan, y en el rompiente se escucha un original ubi mors, ibi spes: “Hasta la última ola / quiero seguir siendo mar” (2019, 179). Porque sí, en este libro, a pesar del miedo y del dolor, hay espacio otra vez y siempre para la esperanza. En esta ocasión, esta llega mediante la diaria contemplación del sujeto lírico, mientras toma té, de ese jardín de poco en el que la niñez se deja entrever en la figura del zagal, un alter ego, “ese niño que juega afanoso en su tierra / es todo yo en pura adivinanza” (2019, 185); y la verdura se deja entrever en la vegetación: “[…] un arbolillo puja por vivir” (2019, 166), ante lo cual basta “[…] un temblor de vida todavía, en este / mediodía esplendoroso” (2019, 166).

Así, se deduce que solo dos cosas —aparte de la propia poesía— salvarán al poeta de la muerte. Por un lado, la aceptación y la resignación, que se muestran en la espera sosegada delante de la taza de té, observando el universo que, ante sí, el jardín de poco despliega, para reencontrarse con su añorado pasado y su soñado futuro: “En los ejes dorados del té, el anciano / busca los años de juventud y sus sueños / de vivir sin tierra y sí con gente” (2019, 208), donde vida y muerte se confunden: “Todo en su tiempo. Bebe ese té / y contempla la tarde, la brisa / mínima entre los matorrales. / Y, de pronto, cuando llegue / la noche, te llegará la luz” (2019, 207). Por otro lado, la seguridad feliz de que el tiempo restante será invertido en el ciclo infinito de aprender, y olvidar, y aprender: “Si he de aprender a no ser, dijo el anciano / con el sabor del té entre los labios, […] qué / círculo de oro tan hermoso te propone / la vida todavía: ¡cuánto queda por aprender / y una vez ya sabido por dudarlo!” (2019, 193). Con sus versos, Rafael Ballesteros cifra, descubre y vence, al fin, todos los rostros posibles de la muerte para superarla e inmortalizarse.

 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

Aguilar Sánchez, A. 2019. “Al borde del misterio: Acercamiento a la poesía de Rafael Ballesteros (1969-2010)”, Epos, 35, pp. 13-28. https://doi.org/10.5944/epos.35.2019.23143.

Ballesteros, R. 2015. Poesía 1990-2010, edición de Juan José Lanz. Málaga: Fundación Unicaja y El Toro Celeste.

 

Agradecimientos

 

Esta investigación se ha desarrollado en el seno del grupo de investigación HUM-233, “Andalucía Literaria y Crítica: Textos Inéditos y Relecciones”, vinculado a la Universidad de Málaga y dirigido por la profesora María Belén Molina Huete.

 

Nota sobre el autor

 

Pedro J. Plaza González se graduó en Filología Hispánica en la Universidad de Málaga y es Doble Máster en Profesorado y Gestión del Patrimonio Literario y Lingüístico Español. Es Personal Investigador en Formación (FPU) en la Universidad de Málaga, donde además imparte las asignaturas Literatura Española: Poesía y Literatura Española del Siglo de Oro. En 2017 publicó, junto a Giovanni Caprara, la traducción al español de Canti sospesi tra la terra e il cielo, obra del poeta italiano Silvestro Neri. Asimismo, corrió a cargo de la edición de Cancionero del amor fruitivo (2018), de José Lara Garrido. Preparó también la antología Desde el Sur te lo digo, de Antonio Gala (2019), que reúne sus poemas escritos en Málaga y algunos textos inéditos. En la actualidad colabora con varias revistas literarias y realiza su tesis doctoral en torno a la obra poética de Gala. ORCID: 0000-0002-3800-3341