Philologica Canariensia 30 (2024), pp. 175-192
DOI: https://doi.org/10.20420/Phil.Can.2024.672
Recibido: 28 de diciembre de 2023; versión revisada aceptada: 23 de marzo de 2024
Publicado: 22 de junio de 2024
El migrante como sujeto literario en dos novelas enmarcadas en la España vacía: La forastera (2020) y Un hípster en la España vacía (2020)
The Migrant as Literary Subject in Two Novels Set in the Empty Spain: La forastera (2020) and Un hípster en la España vacía (2020)
Le migrant comme sujet littéraire dans deux romans se déroulant dans l’Espagne vide : La forastera (2020) et Un hípster en la España vacía (2020)
Juan García-Cardona
University of California, Davis
ORCID: 0000-0002-4382-9818
La irrupción de una nueva generación literaria que sitúa sus obras en la España vacía ha dado lugar a un gran abanico de temáticas, entre las que destacan los movimientos migratorios. Se han tomado como objeto de estudio las novelas La forastera (2020) de Olga Merino y Un hípster en la España vacía (2020) de Daniel Gascón, cuyas diégesis incluyen personajes inmigrantes concebidos de modo dispar. El presente artículo profundiza en la construcción de estos personajes a través de la teoría sobre el fenómeno migratorio rural y la literatura sobre inmigración en España, y además reflexiona sobre la utilización del estereotipo, que en la obra de Merino se afianza y en la de Gascón se persigue subvertirlo.
Palabras clave: colonialismo, España vacía, estereotipo, inmigrante, literatura rural
Abstract |
The soaring of a new literary generation situating pieces of works in the so-called empty Spain has given rise to a wide range of themes, among which migratory movements stand out. The novels La forastera (2020) by Olga Merino and Un hípster en la España vacía (2020) by Daniel Gascón, whose diegesis includes immigrant characters conceived in different ways, are the objects of this study. This article delves into the construction of the abovementioned characters through the theory on the rural migratory phenomenon and the literature on immigration in Spain. Moreover, it reflects on the use of the stereotype, which in the work of Merino is strengthened and in the work of Gascón is subverted.
Keywords: colonialism, empty Spain, stereotype, immigrant, rural literature
Résumé |
L’émergence d’une nouvelle génération littéraire qui situe ses œuvres dans « l’Espagne vide » a donné lieu à un large éventail de thèmes, parmi lesquels se distinguent les mouvements migratoires. Les romans La forastera (2020) d’Olga Merino et Un hípster en la España vacía (2020) de Daniel Gascón ont été pris comme objet d’étude, tous deux mettant en scène des personnages d’immigrés conçus de différentes manières. Cet article explore la construction de ces personnages à travers la théorie de la migration rurale et la littérature sur l’immigration en Espagne, et réfléchit également à l’utilisation du stéréotype, qui est consolidé dans l’œuvre de Merino et subverti dans celle de Gascón.
Mots-clés : colonialisme, Espagne vide, stéréotype, immigrés, littérature rurale
1. Introducción
Con el sintagma “España vacía”, “España vaciada” o “España despoblada” se ha dado nombre al proceso de despoblación por el que transitan muchas zonas del interior del país.[1] Convertido en debate nacional tras acontecimientos como la publicación del ensayo de Sergio del Molino La España vacía. Viaje por un país que nunca fue (2016) o la manifestación multitudinaria contra la España vaciada de 2019, aminorar este despoblamiento parece haberse erigido como desafío primordial en el panorama nacional. La ficción no ha sido ajena al fenómeno; de ahí la aparición de obras con tramas ubicadas en pueblos característicos de la España vacía.[2] El ámbito académico, por su lado, se ha hecho eco del fenómeno e investigadores como Vicente Luis Mora (2018), Teresa Gómez-Trueba (2022, 2020) o Sergio Andrés Cabello (2021) han reflexionado sobre la producción de este tipo de novelas.
La inmigración es un aspecto clave en el debate de la España vacía, puesto que, al proporcionar habitantes dispuestos a trabajar en labores propias del hábitat y a vivir en él, se ha señalado como una de las soluciones para la despoblación del interior rural peninsular. Los sujetos inmigrantes llegan, pues, al medio rural a sufrir unas condiciones laborales extremas y son objeto de la discusión demográfica. En el ámbito literario, la figura del extranjero aparece también; sin embargo, esta se construye “de un modo reduccionista, a partir de estereotipos y clichés que imposibilitan su individualización y su articulación como sujeto social diferenciado” (Martínez-Carazo, 2010, p. 188). Es decir, en muchas ocasiones, los inmigrantes se perfilan como personajes representantes de todo un fenómeno, esto es, carentes de individualidad, un factor que podría deberse a la perspectiva adoptada en la escritura.
El presente estudio construye un marco teórico que pone en el centro la presencia del inmigrante en el mundo rural español y su representación en la literatura. A través de él, se analizan posteriormente las novelas La forastera (2020), de Olga Merino, y Un hípster en la España vacía (2020), de Daniel Gascón, en cuyas diégesis aparecen personajes inmigrantes desarrollados de modo dispar. El objetivo del estudio, así, es comparar y reflexionar en torno a dichas figuras, Ibrahima en el primer caso, y Mohamed en el segundo, con tal de profundizar en su modo de construcción. El estereotipo va a jugar un papel central en las páginas que siguen, pero también —aunque de forma complementaria— elementos de la teoría poscolonial de Homi K. Bhabha (1994) o Gayatri Spivak (2003) a la hora de explorar la representación de estos personajes desde la cultura hegemónica.
2. El inmigrante en el mundo rural español
Con su entrada en la Unión Europea, España pasa de ser un país de emigrantes a uno de inmigrantes, convertido en las últimas décadas en uno de los territorios receptores más importantes de Europa, especialmente en la primera década del presente siglo (Santos-Rego et al., 2012).[3] Entre las causas de la migración se encuentra la búsqueda de oportunidades, motivos relacionados con la vida personal o el deseo de la reagrupación familiar (Abu-Shams Pagés, 2015). Hoy en día, la inmigración reviste un tinte problemático debido a aspectos como la supuesta absorción de dinero público, el desequilibrio en el mercado, el robo del trabajo a habitantes autóctonos o el racismo (Abu-Shams Pagés, 2015), además de constituir una amenaza para la integridad cultural del país (Moldes-Anaya, Aguilar y Bautista, 2019). Estos prejuicios, no obstante, se han acrecentado en las últimas décadas: España, cuya actitud general hacia los inmigrantes era positiva —probablemente por su condición de país expulsor (González-Enríquez, 2010)— cambia radicalmente con la recesión económica de 2008 y la escasa oferta de trabajo en que deriva (Rinken, 2011), a pesar de que —y paradójicamente— la crisis financiera empuja a jóvenes clasemedianistas a hacer las maletas.[4] Por otro lado, la representación de la inmigración en los medios de comunicación ha consolidado ciertos prejuicios, pues los sujetos migrantes han sido y son retratados como sujetos económicos víctimas de la desposesión y de la desesperación (Creus, 2012), enmarcados en el paradigma del Otro —el pobre, el delincuente, el criminal—, cuando no deshumanizados y cosificados (Casero-Ripollés, 2007). Así, puede decirse que los medios de comunicación no tienen en cuenta la voz del inmigrante (Rodríguez-Pérez et al., 2022) y optan más bien por apelar al estereotipo (Martínez-Lirola, 2020).
El flujo migratorio supone una posibilidad para detener e incluso revertir el fenómeno español de despoblación (Collantes y Pinilla, 2014; Camarero y Sampedro, 2020; Izquierdo Ramírez, 2023). De acuerdo con Rosario Sampedro Gallego (2022), “la inmigración puede ser un importante factor de revitalización demográfica y de sostenibilidad social”; por eso “su capacidad para arraigar a esta población a medio y largo plazo es un tema clave” (p. 1). Pero la llegada de inmigrantes a zonas rurales es percibida de forma dispar: si, por un lado, se erige como forma de revitalización social y económica, por el otro puede considerarse fuente de conflicto social y amenaza a las identidades locales (Sampedro y Camarero, 2018). Los inmigrantes, en cualquier caso, se enfrentan a su llegada al hábitat rural a unas condiciones laborales de radical explotación, a su inclusión en nichos laborales étnicos y a la reticencia, desconfianza o racismo y xenofobia de parte de sus convecinos (Sampedro Gallego, 2022). A pesar de ello, lo rural se convierte en espacio de resiliencia para muchos de estos inmigrantes, dado que, huidos de situaciones de precariedad extrema, guerras o violencia, y en situación de irregularidad, se ven obligados a aguantar dichas condiciones (Echajri Amhaouch, 2021), es decir, mano de obra barata y vulnerable; “puestos de trabajo flexibles, poco cualificados y escasamente remunerados” (Izquierdo Ramírez, 2023, p. 4). Como el medio rural se caracteriza por su carácter estacional y las necesidades puntuales de mano de obra no quedan satisfechas por la población autóctona (Sampedro Gallego, 2022), pues muchos de ellos huyen de su carácter cíclico, de su dureza física, de su escaso salario y de su baja consideración social, es común que el empresario minimice costes acudiendo a trabajadores temporales (o temporeros). Estos trabajadores encarnan un alto grado de vulnerabilidad social, sufren condiciones de explotación esclavizantes y son devueltos a su país una vez dejan de trabajar (Echajri Amhaouch, 2021).[5]
En lo referente al debate sobre la España vacía, Sergio del Molino (2016) constata cómo los inmigrantes vienen a dar esperanzas a muchos de los habitantes de estos territorios vaciados. Es más, estos lugares, con baja natalidad y por tanto envejecidos, llegan a ser, en palabras de Paco Cerdà (2017), espacios “dependientes de la inmigración” (p. 105), una inmigración, repetimos, entendida entonces como paliativo ante la despoblación. Así, puede decirse que los inmigrantes juegan un papel clave en la revitalización y la reactivación del entorno rural, aunque, como es evidente, esta repoblación y mantenimiento del modo de vida campesino no puede recaer únicamente en los migrantes (quienes, por otro lado, en un buen número de casos, aspiran a vivir en la ciudad). Es esta realidad la que afrontan algunos de los textos literarios que ubican sus tramas en el hábitat rural actual.
3. La literatura sobre inmigración en España
El fenómeno migratorio ha tenido, tal y como decimos, su reflejo en la producción literaria. Es más, afirma Mohammed Ouahib (2023) que el tema de la inmigración está presente ya en la literatura española desde los años sesenta y setenta del siglo XX, y antes incluso tratado por escritores de la talla de Leopoldo Alas Clarín y Emilia Pardo Bazán.[6] En el ámbito académico existen asimismo diversos estudios sobre la literatura de la inmigración.[7] Iglesias Santos (2010), por ejemplo, recoge varios estudios sobre la representación de la inmigración tanto en la literatura como en el cine, mientras que Rueda y Martín (2010) publican una antología cuyo estudio preliminar afirma que la llegada de marroquíes a España es considerada por algunos como una vuelta a casa y por otros como una segunda invasión. Ugarte (2010), por su lado, señala la poca atención que ha recibido la literatura producida en Guinea Ecuatorial, y analiza novelas y poemas para iluminar el proceso histórico de exilio e inmigración entre Guinea Ecuatorial y España, en tanto que Campoy-Cubillo y Ricci (2012) dedican su obra a analizar la articulación de la identidad en textos de Marruecos y del Sáhara Occidental. Teixido Farré, Medina Bravo y Rodrigo Alsina (2012) detectan, en otra línea, un predominio de la representación del migrante varón en la producción cultural española, sobre todo en películas, a pesar de no terminar de corresponderse con la realidad, pues la inmigración de mujeres ha crecido de forma drástica en la primera década del siglo XXI. De igual manera, Faszer-McMahon y Ketz (2015) analizan una serie de trabajos relacionados con la inmigración escritos por individuos procedentes de España y de varias regiones de África para estudiar las contribuciones literarias clave en el estudio de la inmigración africana en España, o Zovko (2019), quien investiga las principales tendencias actuales en la narrativa sobre el fenómeno migratorio, e incluye en su corpus tanto la producción de autores españoles como la de autores no autóctonos pero residentes en España. Arconada Ledesma et al., (2022), finalmente, prestan atención a la literatura africana en español en uno de sus capítulos. A pesar de la existencia de los anteriores trabajos, los estudios sobre literatura e inmigración y sobre la literatura de los inmigrantes no han hecho más que comenzar en España (Rostecka y Ascanio Sánchez, 2021).[8]
Al abordar la literatura sobre inmigración escrita por autóctonos se constata la aparición de una serie de tópicos comunes, muchos de ellos relevantes en el análisis que propone esta investigación. En primer lugar, el migrante queda reflejado en dichas novelas “bajo el prisma del exotismo”, retratándose “una imagen del inmigrante desprotegido y marginado que guarda las tradiciones de su país” (Zovko, 2010, pp. 5-6). El migrante no presenta agencia propia en el devenir de los acontecimientos y se encuentra, por tanto, a merced de los personajes locales; las situaciones que vive son impuestas y no puede más que sufrir y adaptarse al contexto en la medida de lo posible. Otra característica común de estos personajes es su condición de irregulares,[9] además del predominio del sexo masculino y de la procedencia africana.[10] Montserrat Iglesias Santos (2010) aduce varias razones a esta preeminencia africana, siendo una de ellas, y tal vez la más importante, “que quizá los africanos representen un Otro en el que confluyen las mayores diferencias identitarias: raza, lengua y religión” (p. 16). Por otro lado, y para terminar, la mayoría de estos sujetos “trabajan en la agricultura, en la venta callejera o en la construcción, con momentos en paro” (van der Straten-Waillet, 2020, p. 90). En definitiva, el personaje migrante prototípico en la literatura española está caracterizado por ser hombre, africano, con estatus irregular y dedicado a las tareas agrícolas o de construcción bajo condiciones harto precarizadas. Los personajes inmigrantes que aparecen en las dos novelas propuestas para este estudio no se desvían, como veremos a continuación, de esta dirección.
4. El secreto como portabilidad creativa en 17 simples cuentos
La novela de Olga Merino sitúa a Angie, su protagonista, en una aldea del sur en la que el suicidio del patrón y máximo terrateniente del lugar, don Julián, desencadena una búsqueda que le desvelará secretos oscuros acerca de su familia. En este mismo espacio y contexto se insertan los personajes de Ibrahima y Vitali, dos inmigrantes que trabajan como temporeros para don Julián y cuya vida se ve alterada tras su suicidio. Ibrahima procede de Senegal y Vitali es ucraniano, por lo que pertenecen a dos de los mayores grupos de migrantes existentes en España, el africano y el europeo del este. El peso de Ibrahima en la trama es superior al de Vitali, por lo que es el senegalés el centro del análisis siguiente.
Ya en las primeras páginas de la obra se observa una característica fundamental del migrante en la literatura de inmigración, a tenor de lo explicitado más arriba: su condición de irregularidad. Ibrahima es quien encuentra el cuerpo de don Julián, pero teme avisar a la Guardia Civil por si se le exige mostrar su documentación: “el moreno trabaja con los papeles de otro senegalés, un tal Mamadou, y puede que ni Dionisio, el capataz, ni don Julián conocieran su verdadera identidad” (Merino, 2020, p. 22). Finalmente se acude a las autoridades, e Ibrahima supera el interrogatorio de los cuerpos policiales. La vulnerabilidad social, sin embargo, le acompaña desde los inicios del texto, dado que el futuro se torna, si cabe, más inestable tras la muerte de su empleador y, de nuevo, su estatus de migrante irregular. Las primeras consecuencias de la muerte del patrón se materializan pronto: el personaje —y también su compañero Vitali— pierde su empleo y el lugar donde duerme tan pronto como las hermanas de don Julián y nuevas terratenientes hacen aparición en el pueblo. Julián, como afirma Fabry (2022), representa el “antiguo orden franquista favorable a los terratenientes” (p. 144); a pesar de su muerte, no se aprecia un cambio de paradigma, ni una transformación en la condición de sus asalariados.
La llegada a España de Ibrahima es uno de los factores que lo definen. No es casual a este respecto que Angie se pregunte por el pasado del senegalés: “¿habrá dejado en Senegal mujer e hijos? Asegura que no. ¿Alguien le espera?” (Merino, 2020, pp. 171-172), ni que esta reconstruya su trayecto ilegal en patera desde África: “de qué sirvieron los diez días de travesía desde la Casamance hasta Santa Cruz de Tenerife, las olas que amenazaban con tragarse la barcaza, noventa y seis personas a bordo, ... el internamiento en el centro para extranjeros, el espinazo roto en los campos” (p. 89). Lo rural se convierte en un espacio de resiliencia ante la situación precaria de su país, dado que esta llegada se alinea con el recurso al tráfico de personas al que se ven abocados los inmigrantes por las dramáticas circunstancias vitales de su país de origen (Echajri Amhaouch, 2021).
La descripción física del personaje es, por otro lado, constante en la novela. Angie observa fascinada a Ibrahima en distintos momentos de su convivencia, centrada siempre en sus cualidades físicas y en el color de su piel. Las oportunidades abundan, porque durante su estancia en casa de Angie, tanto Ibrahima como Vitali realizan múltiples tareas de carácter físico. Así, por ejemplo, mientras la protagonista contempla la reparación de algunas tejas que llevan a cabo los inmigrantes podemos leer:
Dos hombres encaramados en el tejado. Dos hombres, a golpe de maza sobre las estacas para clavarlas en la tierra. Había olvidado la belleza de un torso desnudo, el engranaje de los tendones, la anatomía perfecta de un cuádriceps en tensión. Vitali es un mulo de carga; se le notan las hechuras de campesino eslavo. Ibrahima, en cambio, es un animal en su apogeo, un ejemplar magnífico de esqueleto elegante y musculatura compacta y a la vez flexible. Ya no debería sentir deseo, pero lo hice. Me masturbé (pp. 99-100).
Los migrantes se convierten rápidamente en objeto de deseo debido a su físico, una característica propia de los personajes enmarcados en la literatura sobre inmigración. En la misma línea se pregunta la protagonista por una cicatriz en la pantorrilla de Ibrahima, imaginando los motivos de una pelea recreada como lance entre animales. Esta suerte de animalización se relaciona de forma directa con la asociación del inmigrante a lo salvaje, y es que “la masculinidad del hombre negro está definida exclusivamente en términos de energía elemental, primigenia” (Santaolalla, 2005, p. 165), una característica que sin duda “obedece a las fascinadas proyecciones de una mirada occidental” (Conte Imbert, 2010, p. 44).
La construcción del Otro como sujeto de notable potencia física y objeto de deseo se ha estudiado ampliamente en la teoría poscolonial. Para Bhabha (1994), de hecho, el Otro es “at once an object of desire and derision” (p. 28). Al fin y al cabo, según Edward Said (1979), Europa observa a la otredad (a Oriente) como lugar de satisfacción sexual de aquellos deseos reprimidos, porque así lo retrataban novelistas europeos como Flaubert, para quien Oriente es el lugar “where one could look for sexual experience unobtainable in Europe” (p. 190). Sobre esta hipersexualidad que caracteriza al personaje de Ibrahima, bell hooks (1992) sostiene lo siguiente: “It is the young black male that is seen as epitomizing this promise of wildness, of unlimited physical prowess and unbridled eroticism” (p. 376), y lo vincula con la esclavitud, pues el cuerpo del inmigrante negro es deseado no solo en el plano sexual, sino también laboral (relacionado con el trabajo físico). En definitiva, “dentro de la cosmovisión europea, el sujeto colonizado, sea africano o asiático/oriental, es considerado como un ser sexualmente lujurioso y capaz de dar un cierto placer sexual que un sujeto europeo no podría dar” (León, 2018, pp. 36-37).
A la hipersexualización del personaje le sigue, como hemos apuntado antes, una animalización —“Ibrahima, en cambio, es un animal en su apogeo” (Merino, 2020, p. 100), sostiene la protagonista. En los últimos años, Nicholas Jones (2019) ha llevado a cabo un estudio de la representación de la negritud en el Siglo de Oro español prestando atención a distintos procesos de animalización, como, por ejemplo, aquellos que tienen que ver con la negación del lenguaje. El lenguaje es, sin duda, interesante en el retrato de estos personajes migrantes, puesto que la barrera lingüística supone un verdadero escollo en muchas ocasiones para el inmigrante africano (Basáñez Barrio y Rodríguez Muñoz, 2022). Sin embargo, la cuestión lingüística no supone ningún impedimento para Ibrahima, aunque al personaje no se le ceda la palabra en abundancia; un hecho que quizá responda a las dificultades del medio literario para expresar esta barrera lingüística o a la incapacidad de la autora de desarrollar plenamente a un personaje inmigrante con una lengua materna distinta a la española.
Una de las claves del desarrollo de Ibrahima en la trama es su relación sexual con Angie. Ibrahima aborda la cama de Angie sin que esta oponga resistencia, pero no se observa ninguna complicidad amorosa: “solo entró cuando me hubo satisfecho, pero sin disfrutar de la intimidad, aplicándose en la mecánica con embestidas cada vez más rápidas para descargar cuanto antes” (Merino, 2020, p. 165). El encuentro parece ser más bien un desahogo que deviene en catarsis femenina de la protagonista, puesto que la mujer menstrúa después de mucho tiempo sin hacerlo. Al día siguiente, la relación entre la protagonista y el inmigrante es algo confusa, pero ambos coinciden en el resultado de lo acontecido: “intuimos que lo sucedido anoche ha acabado de quebrar el equilibrio precario de la casa” (p. 169). El episodio desemboca finalmente en la marcha de Ibrahima.
Como queda patente, el encuentro sexual se enfoca más como experiencia edípica o incestuosa que como fruto del deseo de dos amantes; de hecho, y como arguye la protagonista, “ya no sabemos cuál es el vínculo que nos une. Casera e inquilino. Amante maternal e hijo putativo. Dos hermanos perdidos en el incesto. O bien ama y esclavo” (p. 169). A ello se le une la situación de precariedad extrema de Ibrahima, relacionada de forma directa con su condición de inmigrante, pues depende del hospedaje y solidaridad de Angie. El senegalés no desempeña ninguna labor más allá de algunos apaños en el pueblo, por lo que su aportación económica es mínima. A pesar de ello, la protagonista descarta que el encuentro sexual se produjera como pago de favores. Es decir: el migrante no pone fin a su temporalidad mediante el acto sexual, que podría haber derivado en el estrechamiento de la vinculación entre ambos y alterado, por ende, su estatus social y situación vital. Ibrahima, por el contrario, abandona la casa de la mujer, condenado a vagar por otros campos de España en busca de tareas agrícolas de temporada.
El análisis efectuado nos permite concluir que Ibrahima, al encarnar el vigor del africano a ojos de la protagonista, se articula como personaje estereotipado que responde a la construcción colonial del sujeto inmigrante. Sabemos, porque así nos lo explica Spivak (2003), cómo la voz de los subalternos —de los marginados y excluidos por las estructuras dominantes de poder— se silencia o distorsiona, quedando negada su representación pública.[11] Bhabha (1994), por su lado, habla de espacios liminales donde los inmigrantes (entre dos aguas, entre el país de origen y el de acogida) deben reconfigurar su identidad como el Otro, dando asimismo lugar a representaciones estereotipadas. Aunque la cuestión de la representación del Otro desde la cultura hegemónica no constituye el objetivo central de este trabajo, creemos que debe destacarse el modo en que Olga Merino concibe al personaje de Ibrahima desde una posición dominante, que oculta y disipa la voz del sujeto subalterno, inmigrante africano ilegal, no solo por ser africano, hombre, sexualizado y en situación precaria, sino porque, para sobrevivir, necesita la ayuda y la compasión de Angie, que ocupa la posición hegemónica. Retrata a un sujeto que no puede valerse por sí mismo, que acaba huyendo en busca de otros trabajos temporales y cuya emancipación resulta cuanto menos quimérica. A Angie, como afirma Crespo-Vila (2022), se le abre al final de la novela “un camino a la esperanza y a la posible superación de la crisis personal” (p. 151), que no se le permite, por otro lado, a Ibrahima, que se ve abocado a buscar por España otros trabajos de recolección temporal.
En definitiva, Ibrahima activa un imaginario de representación del inmigrante paternalista, superficial, distorsionado y victimista: “el inmigrante suele representarse como un ser indefenso, primitivo, infantil, sexualizado y exotizado, víctima de una sociedad xenófoba y racista que le oprime y margina” (Collado, 2018, p. 5), que apela, en palabras de Inongo-vi-Makomè (2009), a la lástima de los europeos, de los colonizadores y de su caridad (p. 68). Esta representación del inmigrante se alinea con la otorgada por los medios de comunicación, ya comentada en la sección introductoria: los inmigrantes son sujetos víctimas de desposesión y desesperación, así como deshumanizados y cosificados, cuyas descripciones apelan al estereotipo y a enfatizar el problema de la inmigración (Martínez-Lirola, 2020). Esta construcción trágica del personaje inmigrante, elaborada desde la compasión del occidental, afianza el estereotipo en vez de, cuando menos, combatirlo.
5. La subversión del estereotipo en Un hípster en la España vacía
La propuesta de inmigrante que desarrolla Gascón en Un hípster en la España vacía difiere bastante de la anterior. En primer lugar, es necesario anotar que la obra de Gascón se concibe desde una óptica satírica, así que el humor es constante a lo largo de la obra. Enrique Notivol, protagonista del relato, se asienta junto a sus tíos en La Cañada, un pequeño pueblo de Teruel, en busca de una vida más tranquila que le permita olvidar a su exnovia. Tras una serie de hechos rocambolescos, el joven se convierte en alcalde de la localidad y, desde ese lugar de poder, lucha por mejorar las condiciones de sus habitantes y convecinos. Enrique representa la implantación fallida de soluciones urbanas contra la despoblación (Guzmán Mora, 2022), que caen en el equívoco de no tener en cuenta el desarrollo diacrónico de este fenómeno. En este contexto aparece la figura de Mohamed, un pastor marroquí que vive desde hace años en el pueblo. La capa satírica con la que se recubre asimismo al personaje inmigrante conlleva, por un lado, la señalización de sus rasgos más estereotípicos, pero, por el otro, su subversión. Sobre este proceso de señalización y de subversión se detienen las líneas que siguen.
En la novela de Gascón encontramos, en primer lugar, un reduccionismo general de los elementos que conforman la trama y, en consecuencia, del inmigrante: el pueblo de La Cañada podría ser cualquier pueblo de la España vacía y Enrique Notivol el hípster por antonomasia. De igual modo, Mohamed —empezando ya por su nombre— es el inmigrante rural prototípico. No en balde, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), los dos nombres más habituales en hombres de Marruecos son Mohamed y Mohammed, mientras que el grupo étnico mayoritario residente en España es el procedente de Marruecos, con un 13,8 % del total.[12] Por si fuera poco, en varias ocasiones se refieren a él durante la novela como “el moro”. Tal y como lo detecta Cristina Martínez-Carazo (2010), la utilización de apodos como este para aludir a los migrantes lleva a “negar su individualidad”, a la vez que “añaden un tinte despectivo” (p. 190). En el texto de Gascón, es evidente que tanto su nombre como su apelativo confirman la intención de estereotipar en clave humorística al personaje.
Mohamed desempeña las labores para las que ya no hay trabajadores autóctonos: “pastor en el pueblo. Ya no hay pastores locales, me dicen, y los esquiladores son rumanos” (Gascón, 2020, p. 18). Los campesinos españoles han sido sustituidos por mano de obra extranjera, sometidos a condiciones extremas debido a su vulnerabilidad (Sampedro Gallego, 2022), y encargados de las labores agrícolas y pastoriles que ya nadie desempeña en la España interior. Mohamed es, así, una necesidad en el pueblo decadente y en proceso de desaparición que es La Cañada, es decir, la inmigración, de nuevo, percibida como oportunidad para revitalizar estas áreas demográficamente y revertir la despoblación.
Enrique, el protagonista, exhibe por su lado una serie de creencias estereotípicas sobre Mohamed. En su primer encuentro en el bar, el español observa al marroquí pedir una cerveza al camarero y achaca el suceso a los deseos del segundo de encajar en un ambiente hostil como es el del pueblo a través del rechazo de su religión de origen. Posteriormente, y gracias a un cambio de registro de la novela hacia el testimonio de algunos habitantes del pueblo, Mohamed revela la obstinación de Enrique por pensar que realizaba el Ramadán: “lo malo fue que se empeñó en que yo hacía el Ramadán. No me preguntó, lo dio por supuesto. Estaba tan convencido que me daba cosa que se enterase. Es muy sensible y no quería darle un disgusto” (Gascón, 2020, p. 35). Enrique considera que Mohamed conserva una acérrima integridad cultural de su país que no le permite adaptarse a la española; a fin de cuentas, el inmigrante se presenta como un sujeto “desprotegido y marginado que guarda las tradiciones de su país” (Zovko, 2010, pp. 5-6). A esta situación añade Mohamed que, para poder comer jamón delante de Enrique, le dijo que “había un hadiz que explicaba que se podía si era de denominación de origen” (Gascón, 2020, p. 35). La ignorancia de Enrique en la asociación de Mohamed con la religión árabe y la buena pretensión del hípster por fomentar un ambiente inclusivo y respetuoso en el pueblo dan lugar a una situación irónica y a un desafío del estereotipo inmigrante.
No obstante, la subversión más clara del estereotipo se produce con el intercambio de papeles entre Mohamed y Enrique. La división entre el medio rural y el urbano es tan profunda que los habitantes de La Cañada no aceptan la llegada del urbanita que representa Enrique. Unos días después de arribar al pueblo, el protagonista descubre una pintada cerca de su casa que reza “Forastero, gilipollas” (p. 23). El recurso humorístico se introduce en el momento en el que Enrique achaca estas palabras al racismo del pueblo hacia Mohamed, en lugar de darse por aludido (es decir, por forastero él también). Como afirma Castelló (2023), Enrique representa la imposición de la idiosincrasia urbana en el entorno rural, que es rechazada por sus vecinos al no afrontar los problemas reales que les asedian.
La otredad y la condición de extranjeros urbanitas en el ambiente rural se corroboran de manera definitiva cuando Enrique se presenta a la alcaldía: “Me parecía que algunas referencias de Máximo me aludían. He tenido la impresión de que ciertas expresiones que utilizaba, como ‘y ahora vienen de fuera a decirnos que’, ‘los de fuera se creen que’, o ‘los de ciudad se han pensado que pueden venir a mandarnos’, manifestaban una ligera hostilidad” (Gascón, 2020, p. 59). Estas palabras, que recuerdan sin duda al discurso xenófobo empleado por ciertas facciones políticas, son redirigidas en el texto de Gascón hacia los individuos neorrurales (es decir, habitantes del pueblo procedentes de la ciudad), equiparando así sus figuras a las de otros extranjeros. De hecho, mientras que Mohamed se ha mimetizado a la perfección con la población autóctona, son Enrique y sus amigos, inasimilables en su otredad, el sujeto inmigrante de La Cañada.
La separación entre el mundo rural y el urbano es ya la separación entre dos mundos incomprensibles entre sí y uno de los temas principales de la España vacía y la despoblación: el olvido de los pueblos del interior que son vistos como el Otro dentro de nuestra propia tierra. Sin embargo, este intercambio de papeles entre Enrique y Mohamed se lleva al extremo en la obra. Y es que Mohamed, en una perfecta mimetización con el entorno, ostenta la posición hegemónica y adopta conductas xenófobas contra la inmigración; de ahí que opine, cuando se le pregunta, que sí, que “hay demasiados extranjeros. Han venido unos rumanos que trabajan en una obra al final de las eras, dice que tienen costumbres diferentes y no se adaptan” (p. 55). Y no solo sostiene lo anterior, sino que concluye que “por lo menos hay pocos moros” (p. 56). Estas palabras, enmarcadas en el cuadro de la novela, no pueden sino tomarse en clave humorística, puesto que en la busca de la risa del lector tratan de mostrar la transición del sujeto subalterno de Spivak (2003) y de Bhabha (1994) al sujeto hegemónico —al contrario del recorrido que transita Enrique— y, en consecuencia, reproducen las estructuras dominantes de poder frente a otros inmigrantes.
La anterior actitud se confirma en las elecciones a la alcaldía del pueblo, cuando Enrique arguye, a la vista del único voto que ha sacado el partido de ultraderecha, que “todo el mundo sabe que fue Mohamed, que es moro y no cuenta” (Gascón, 2020, p. 65). Es debatible si para alcanzar el humor en estas secuencias el autor incurre en situaciones de por sí xenófobas, o de si explota el estatus de inmigrante del personaje para hacer burla. No obstante, el nuevo giro que ofrece el personaje de Mohamed en este análisis es digno de estudio, pues hay un recurso intencional al estereotipo que lo visibiliza y lo subvierte. En cuanto a lo político, algunos estudios han señalado cómo la derecha (y la ultraderecha) han conseguido capitalizar mejor el descontento de la España vacía (Sánchez-García y Rodon, 2023), e incluso apropiarse del término (Domingo, 2023), y Daniel Gascón representa este fenómeno con la llegada de Vox.
A partir del análisis realizado, podemos afirmar que Mohamed queda encasillado en un estereotipo reduccionista de inmigrante en España, aunque ese parezca ser justamente el propósito del autor. Se diferencia, no obstante, de los tópicos con los que cumple el personaje de Ibrahima, dado que en ningún momento se hace alusión a la potencia física de Mohamed ni a su condición de migrante irregular y desprotegido. De esta manera, la novela denuncia en clave irónica la concepción generalizada del foráneo y provoca en el lector una risa que tiene su origen en el reciclaje de tópicos manidos del migrante marroquí. Mediante el humor, por tanto, el texto logra visibilizar aquellos rasgos absurdos que de forma tradicional se han achacado al inmigrante, para luego desecharlos, ridículos, al aplicarlos al hípster Enrique.
Pero el desvío que propone la novela en su construcción del personaje migrante da lugar a varias reflexiones más: las teorías poscoloniales nos permiten calificar a un personaje como Mohamed como subalterno; no obstante, el humor y el recurso del estereotipo reduccionista en su construcción dejan ver la irracionalidad de esta concepción. No hay que olvidar que, como afirma Adrián Alejandro Collado (2018), el humor se utiliza “para parodiar ciertas representaciones negativas de la inmigración presentes en el imaginario español […] el humor de estas obras es capaz de articular una nueva visión de la inmigración en España que subvierta las representaciones estereotípicas” (p. 18). Si bien es cierto que Mohamed carece de subjetividad (es una parodia), también lo es que el objeto principal en la novela es el hípster —símbolo de la corrección política—, a quien se ridiculiza por su visión tópica de los inmigrantes; por eso “la burla en muchos casos no iba dirigida contra el protagonista migrante, sino contra la identidad de los españoles” (Collado, 2018, p. 211). Gascón retrata intencionalmente la perspectiva del sujeto hegemónico; de ahí que haya, a nuestro parecer, un claro esfuerzo por visibilizar lo incongruentes y absurdos que resultan estos tópicos. Sin embargo, no quisiéramos dar por finalizadas estas palabras sin apuntar que este tono satírico puede dar lugar a microagresiones inintencionadas, y no por ello menos dañinas. Gascón no puede acceder al Otro, darle voz, pero tampoco lo pretende; por eso emplea satíricamente todos los estereotipos que se asocian a los inmigrantes africanos, algunos de ellos tabú, subvirtiendo aquello que cimenta la discriminación de la otredad.
6. Conclusiones
El análisis desarrollado en este artículo constata el recurso al estereotipo de los personajes inmigrantes de La forastera y de Un hípster en la España vacía y el afianzamiento o la subversión de estos rasgos típicos en la construcción del Otro. Algunas pinceladas de la teoría poscolonial nos han permitido categorizar a estos personajes como subalternos, cuya voz queda invisibilizada por su representación a partir del sujeto hegemónico —en el caso de Gascón intencionada— y que responde a un imaginario colonialista y occidental. Ibrahima es un inmigrante africano ilegal, de origen senegalés, que trabaja como temporero en la España vacía. Padece unas circunstancias laborales extremas y queda abandonado a su suerte una vez el patrón para el que trabajaba fallece. La cualidad principal que define al personaje es su vigor físico, y Angie reconoce la atracción que su cuerpo le produce. Por otro lado, Mohamed es la solución al despoblamiento de la España vacía, el único en el pueblo que realiza tareas pastoriles. La subversión se muestra conforme Mohamed pasa a ocupar una posición hegemónica en el pueblo y a reproducir la discriminación ejercida contra él.
A la luz del análisis realizado, podemos afirmar que las propuestas de Merino y de Gascón difieren en su construcción en lo que atañe a la representación del inmigrante. Ibrahima encarna el aspecto salvaje y físico del extranjero, temeroso de ser expulsado del país y necesitado de ayuda del autóctono. Su construcción se yergue desde la base de las precarias condiciones de vida que soportan los inmigrantes africanos, es decir, desde una posición victimista que induce a la lástima del sujeto europeo. A pesar de que Olga Merino busque retratar la situación real del inmigrante, acaba apelando a la imagen desesperada que difunden los medios de comunicación, y refuerza los tópicos que pretende visibilizar. Por su lado, el texto de Gascón se construye en la búsqueda del estereotipo inmigrante, esto es, en el recurso humorístico a aquellos tópicos que se han utilizado a la hora de discriminar al foráneo. A través de la sátira, Un hípster en la España vacía golpea y sacude el imaginario español de la inmigración africana y subvierte los estereotipos gracias a la parodia y el recurso al absurdo.
La forastera y Un hípster en la España vacía encajan en la nueva corriente neorrural que ya detectaron Mora (2018), Gómez-Trueba (2020) y, en especial, el monográfico de esta misma autora, La alargada sombra de Delibes sobre la España vacía (2022): tanto Angie como Enrique son urbanitas que deciden emprender un camino de vuelta al pueblo, y en el proceso encuentran escollos que impiden su adaptación. En este contexto se insertan los personajes inmigrantes de Ibrahima y Mohamed, que forman parte del marco rural al que llegan los protagonistas. Los artículos publicados sobre estas dos novelas son aún escasos, y este estudio pretende, a su vez, realizar una suerte de reivindicación de estas obras como material de estudio. Estos textos dialogan con otras novelas pertenecientes a la corriente neorrural —sirva este apunte final como propuesta de estudios futuros— como es Un amor (2020) de Sara Mesa, en la cual el personaje inmigrante, Andreas, bajo el sobrenombre de “alemán”, aunque su procedencia real sea kurda, se construye a partir del enigma de un carácter extranjero. También es relevante en la trama la irrupción de inmigrantes en el pueblo de La tierra desnuda (2019) de Rafael Navarro de Castro, y, en forma de alegato y de defensa contra su explotación y agresión sexual, en Tierra de mujeres (2019) de María Sánchez.
7. Notas
[1] En este artículo se ha optado por la designación “España vacía” de Sergio del Molino por un motivo principal alejado del debate sobre la idoneidad de estos adjetivos: el sintagma “España vaciada” se ha utilizado en campos como la antropología, la sociología, la geografía o la historia, no obstante, en los estudios literarios se ha recurrido al término de Sergio del Molino, pues fue el primer autor que acudió a lo artístico para estudiar el fenómeno de despoblación. Julio Llamazares (2017) ya hablaba de la “literatura de la España vacía”, y Gómez-Trueba (2022), en uno de los monográficos pioneros sobre esta corriente literaria, emplea la designación “España vacía” para su título.
[2] Textos de Jesús Carrasco, Olga Merino, Daniel Gascón, Sara Mesa, Santiago Lorenzo, Pilar Fraile, Pilar Adón, Irene Solà, Ana Iris Simón, Pedro Simón, Aixa de la Cruz, Núria Bendicho o Juan Gómez Bárcena, entre otros muchos, son paradigmáticos en este sentido.
[3] Según datos del Instituto Nacional de Estadística, la población de residentes extranjeros en España en 2003 era de 1 647 011, mientras que en 2022 era de 5 579 947.
[4] Volveremos. Memoria oral de los que se fueron por la crisis (López Trujillo y Vasconcellos, 2016) es un libro colectivo que cede el micrófono a muchos de estos jóvenes emigrados.
[5] La contratación de temporeros en España ha sido problemática desde sus inicios, con escándalos de todo tipo como los recientes abusos sexuales de mujeres marroquíes en el campo de frutos rojos de Huelva (Garcés-Mascareñas y Güell, 2020).
[6] Escritores contemporáneos como Juan Goytisolo, Julio Llamazares, José María Merino, Manuel Rivas, Luis Mateo Díez, Francisco Ayala, Rodrigo Rubio, Mariano Tudela, Víctor Canicio, José Hierro, Lauro Olmo o Alfonso Paso han trabajado sobre el tema, así como Andrés Sorel, Antonio Lozano, Gerardo Muñoz Lorente, Nieves García Benito, Lourdes Ortiz, Encarna Cabello, José Juan Cano Vera, Eduardo Iglesias, Josep Lorman o Manuel Valls, entre otros, quienes han dedicado algunas novelas a la inmigración clandestina de individuos africanos.
[7] En la primera década del presente siglo se han publicado monográficos de gran calidad. Algunos ejemplos son el editado por Andrés-Suarez, Kunz y D’Ors (2002), el de Cornejo-Parriego (2007), que reflexiona sobre la transformación ocurrida en España tras la dictadura franquista, y el de Flesler (2008), quien a través del análisis de novelas y películas analiza la reacción de los autóctonos españoles ante la llegada de inmigrantes africanos, especialmente marroquíes.
[8] Como queda patente, estas obras no solo tienen en cuenta la literatura de autores españoles con una temática relacionada con la inmigración, sino que también estudian la producción de inmigrantes afincados en España y en lengua española. Así, y como afirman Enjuto-Rangel et al. (2019), se ha prestado atención académica a autores y pensadores africanos como Leoncio Evita, Daniel Jones Mathama, María Nsue Angüe, Donato Ndongo-Bidyogo, Mba Abogo, Joaquín Mbomío Bacheng, Justo Bolekia Boleká, Juan Tomás Ávila Laurel, Remei Sipi Mayo o Trifonia Melibea Obono, por nombrar solo algunos de los más conocidos. Hay, además, una generación actual de artistas inmigrantes jóvenes que cultivan distintos géneros y que están recibiendo cierta atención, tales como Said El Kadaoui, Laila Karrouch, Najat El Hachmi, Mbomio Rubio, Bela Lobedde, Mohamed El Morabet, Munir Hachemi, Berna Wang, Quan Zhou, Berna Tsai Tseng o Margaryta Yakovenko.
[9] “En lo general hay una representación desproporcionada de inmigrantes irregulares africanos en la narrativa española actual” (Odartey-Wellington, 2012, p. 462).
[10] La masculinización es clara. Marco Kunz (2002) sostiene en esta línea que “raras son las mujeres inmigradas como personajes literarios” (p. 134), mientras que Chloé van der Straten-Waillet (2020) observa, en la misma dirección, la “poca presencia de las mujeres —aunque en realidad representan el 30 % de la inmigración subsahariana” (p. 99).
[11] En ese sentido, Gayatri Spivak y Sneja Gunew, en su debate sobre multiculturalismo, antiimperialismo y poscolonialismo, afirman que “the whole notion of authenticity, of the authentic migrant experience, is one that comes to us constructed by hegemonic voices” (Harasim, 1990, p. 61).
[12] Según los datos recopilados el 1 de julio de 2022. https://www.ine.es/daco/daco42/nombyapel/ nombres_por_nacionalidades.xls.
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Nota sobre el autor
Juan García-Cardona es MA en Español por la Universidad de Wyoming y en la actualidad es doctorando e instructor asociado en la Universidad de California en Davis. Ha publicado más de una decena artículos relacionados con el género literario de la autoficción, la adaptación cinematográfica de la literatura, los estudios de género o la prensa cultural española en algunas de las mejores revistas de España. También ha contribuido a diversos monográficos publicados en editoriales pertenecientes al primer cuartil del SPI. En los últimos años ha dedicado sus publicaciones a la literatura rural contemporánea de España, bajo una etiqueta en boga en los últimos años que ha colmado debates intelectuales y políticos: la “España vacía”.
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